martes, 25 de diciembre de 2007

Una menos: Sobreviví a la Navidad

Todos los años me prometo no comer tanto en las fiestas. La Navidad viene unos días después de mi cumpleaños, fecha en que me hago todas las firmes proposiciones para el siguiente año. Época en la que me hago los estudios anuales, análisis, visitas al dentista, médicos varios y por supuesto, comienzo la dieta. ¡Justo en diciembre! Pero en fin, no cumplo años en otra fecha, cumplo en este mes. Así que siempre con la dieta recién comenzada, con algunos kilos bajados pero no demasiados, las fiestas son siempre un desafío, perdido todas las veces. Y esta vez, no fue la excepción.
Aunque elegí una estrategia nueva: alejarme de mi familia de origen en nochebuena, donde además se festeja el cumpleaños de mi único hermano varón, por lo tanto se reunen todos. Tal vez por eso se come el doble. Exquisiteses de todo tipo, dulces, saladas, frías, calientes, todo en abundancia. Vinos de todos colores, cervezas, champagne de todos los precios. Este año (me contaron) se agregaron las exquisiteses aportadas por los nuevos suegros de mi hermano, que han terminado aceptándolo luego de seis años. Y parece que ayudados por el champagne terminaron tocando la guitarra y cantando Zamba de mi Esperanza. De la de ellos claro, porque la mía desapareció en el mismo momento en que vi el pollo relleno al romero que había hecho Paulina, la hija del gordo. Y las tartas, y las ensaladas, y el pandulce de la calle San Juan, y el helado de Thionis y la degustación de vinos y champagnes que me obligaron (Que conste!) a hacer. Bah, menos mal, porque así no reaccioné mal cuando el gordo, no sólo me confesó que se había olvidado los remedios, sino que tampoco los había tomado en todo el día. ¡Ninguno de los ocho remedios que toma por día había tomado el hijo de su madre! Y el country donde vive Paulina está a treinta kilómetros de mi casa. Así que hoy a la mañana, hice esos treinta kilómetros en un auto manejado por un cardíaco sin medicación, que la noche anterior había comido y tomado como un beduino y que estaba ofendido conmigo porque cuando me desperté, ya sin el atenuante del alcohol en mi sangre, me había molestado con él y le había recriminado su olvido. Con un "Claro, porque vos no te olvidás nunca de nada" subió al auto y puso su mejor cara de culo.
Yo subí y me puse el cinturón de seguridad, antes de salir del country. En casa tomó los remedios y le tomé la presión. "¡Tomá!" me dijo cuando vio los 13-6. Y me sacó la lengua. ¡Yo lo quiero matar y él me quiere hacer reír!
Luego de otros veinte kilómetros, llegamos a la casa de mi hermano al mediodía. Los hombres en el quincho, haciendo asado. Empezamos mal, han destapado una botella de Barón B que alguien les había regalado. Y el gordo se prende, claro. Lo veo desde lejos con la copa de champagne en la mano. "Es agua" me dice y se da vuelta. Los demás se empiezan a reír. Me meto en la cocina preocupada porque no hay nada para comer sin sal, se olvidaron del gordo. Comienzan sirviendo sandwiches de miga y canapés, luego achuras de todo tipo, después asado, ensaladas, helado, pandulce, frutas secas, chocolates, turrones etc. Sin parar hasta las cinco de la tarde. A esta altura ya perdí la cuenta de lo que comió y tomó el gordo. Después que llegó mi prima hicimos el último brindis y nos vinimos, harta de comida, de bebida y de escuchar las eternas discusiones entre mi primo y mi hermano. Pero todavía no terminó la Navidad, porque falta que vengan mi hija y el novio a buscar sus regalos. Menos mal que han comido tanto como nosotros así que sólo se toman una cerveza con el gordo, obvio. Y este sí es el último brindis de Navidad.
Ahora que se fueron y que el gordo duerme tranquilo, me tomo mi tiempo y reflexiono: Podría haber sido peor. Sobreviví. Ahora sólo falta Fin de Año.

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