Hace tiempo que estoy necesitando un cambio. En mi vida ha sido una constante. Cada tanto, necesito un cambio, una renovación. Algo que a muchas personas asusta, para mí es absolutamente necesario. La vida se me desdibuja detrás de la rutina y cuando me siento como arrastrando las penas que siempre hay, y todo parece negro y circular, sin dudas necesito el cambio.
Esta vez pensé que el cambio se daría cuando mi marido se jubilara, y dejara de andar viajando por esos mundos para depositar su ansiada presencia en el hogar, donde podríamos hacer todas las cosas que teníamos postergadas, y donde yo podría ocuparme un poco más de su frágil salud.
El cambio que se produjo no era el que yo esperaba. La jubilación tardó un año y medio en llegar así que los planes se fueron modificando, postergando y algunos desapareciendo en lontananza.
A los dos meses ya no sabía qué hacer con él. ¿Alguien sabe de lo que hablo verdad? Lo primero que se me ocurrió es que necesitábamos un departamento más grande. Y otro televisor por lo menos. Y lo más importante: otra computadora. Hasta el momento el arreglo es el siguiente: En el estudio no entrábamos él, yo, las dos computadoras y el televisor. Además no hay nada que me deprima más que ver las horribles noticias de muertes y violaciones ocho veces por día. Así que resigné la mesa del comedor (la única) para ubicar ahí al gordo con su notebook y su televisor (el único). Tengo el departamento atravesado de cables y alargues varios, pero si cierro la puerta del estudio, puedo escuchar música y no escucho los horrores de la tele. De vez en cuando sacamos la notebook de la mesa, sobre todo cuando vienen visitas. Cuando estamos solos, no es necesario, comemos en una mesita que yo compre por teléfono, cuando estaba en cama despues de que me operaran y no tenía otra cosa que hacer. Me salió un poco cara, pero me ha sido muy útil.
Todo esto porque un día, me escapé de mi casa diciendo que iba a la peluquería y me fui a caminar. Y en mi paseo pensante, me encontré de pronto parada frente a un negocio que tenía monedas en la vidriera. Y se me prendió la lamparita. Me acordé del taper con monedas del gordo, que ya no sabía donde meter. Así que entré, pregunté y volví a mi casa con una carpeta, doce folios, y algunos rótulos. Dos años después tengo dos muebles nuevos, treinta y dos carpetas con monedas y el gordo cybernumismatizado totalmente.
¿Y la mudanza? Por el momento no se puede. Compromisos anteriores, problemas especulativos y financieros, y el estilo vital de mi marido han logrado que el verbo esperar sea casi una mala palabra para mí. Me revuelve el estómago.
Esperar. Esperar mientras la salud nos deje. Y el tiempo. Y los jerarcas de turno. Esperar mientras el traquetear del tren de los años nos pasa por arriba, lenta pero ineludiblemente.
Esperando se nos va la vida.
Pero ahora tengo mi blog, gordo. Tomá.
domingo, 23 de diciembre de 2007
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